Sanata o mucho más que una sanata

A Luisa Valenzuela

Al vino le gustan los rincones,
la soledad fresca y oscura, el duelo de los árboles, el sueño de los sótanos,
las clepsidras y los más antiguos relojes que ya se han cansado del tiempo.

Al vino le gustan las espadas,
las anotaciones en los mapas, el silencio de la brújula, el canto de las olas,
los barcos de siglos pasados, la luna en el cielo y la misma luna en el mar.

Al vino le gustan los negros chales de vicuña,
los almanaques, las cintas, las medallas, el papel de seda, los pergaminos
lejanos y abandonados, los viejos libros que apenas murmuran su desdicha.

Al vino le gustan los viajes,
las islas escondidas, los tesoros, las leyendas, los escritorios, los teatros,
vivir de ilusiones y frases célebres, las damas de la noche, el oro y el olvido.

Al vino le gustan las doncellas,
los violoncelos, las sacristías, los arcones, las sacerdotisas, las astrólogas,
los alquimistas, los fantasmas, las máscaras, los poetas, los piratas y los políticos.

Al vino le gustan las madrugadas,
mentir en las tabernas, ser juglar, trovador, señor en un palacio, un libertino
en las alcobas; ser un sabio mayordomo, ser actor, doctor y un domador de viudas.

Al vino le gustan las maderas,
los sonidos de la penumbra con telarañas que se mueven como tímpanos,
los frutos prohibidos, los ruiseñores de la lluvia y el amor de los insectos.

(Miroslav Scheuba)



Categoria: Poesia |
| Postado em: 28.03.14